miércoles, febrero 18, 2009

Bibliófilo, bibliómano o cleptobibliomano, otros seres de Bibliotecas.

Poseídos por los libros: dos bibliómanos extremos

Getty Images
Desde la edad media, los ladrones de libros se multiplicaron como una plaga. Fue entonces que muchas bibliotecas decidieron colocar un cartel intimidatorio, cuenta González.

Mariano González Achi
Buenos Aires, Argentina

Un bibliófilo es dueño de sus libros, un bibliómano es su esclavo. Esta diferencia crucial de relacionarse con los libros marca también la frontera entre salud y enfermedad. Límite que también se atraviesa con facilidad. Todo bibliómano fue en algún momento un bibliófilo, pero su fascinación por los libros fue creciendo hasta hacerse inmanejable. Considerada por la psiquiatría como un trastorno obsesivo compulsivo la bibliomanía tiene síntomas muy concretos. La frecuencia cardiaca del bibliómano se acelera al pasar por una librería de viejo y no puede evitar comprar de manera indiscriminada libros, que por otro lado ni siquiera lee. Tampoco puede resistirse a volver a adquirir su novela preferida cada vez que se cruza con ella, aunque tenga en su poder una veintena de la misma edición.

La historia registra un puñado de bibliómanos excepcionales, personas que sucumbieron mentalmente por los libros y a partir de ese momento fueron capaces de cualquier cosa

Sir Thomas Phillipps (1792- 1872) es un caso paradigmático, Tuvo la desgracia de heredar una importante fortuna que aceleró su bibliomanía y que fue vertida en su totalidad en subastas y anticuarios. "No tengo capacidad para seleccionar" aclaraba, intentando explicar su acopio desmesurado de libros y manuscritos. A pesar de que habitaba una mansión pronto se quedó sin paredes donde almacenar sus preciados ejemplares. Las nuevas adquisiciones que llegaban a diario, se amontonaban formando temblorosas pilas, murallas y pirámides en cada una de las habitaciones de la casa. Su esposa y sus hijas tuvieron que exiliarse en un ambiente pequeño y acostumbrarse a caminar esquivando las cajas con libros que su marido no tenía tiempo de abrir.

Phillipps estaba convencido de que era un benefactor, que con sus compras compulsivas salvaba de la destrucción a miles de importantes obras. Por ese motivo se tomaba muy en serio su infinita y desorbitada misión, que lo llevaba a afirmar con total tranquilidad cosas como: "quiero una copia de cada libro que se haya escrito". Su retrato más difundido lo muestra acompañado por uno de sus mejores amigos. Phillipps aparece sentado con gesto de incontenible orgullo mientras sostiene un inmenso volumen que monstruosamente parece ser un apéndice de su propio cuerpo.

Los años y su locura acaparadora lo convirtieron en un hombre intratable. Su familia y personas cercanas a el lo describían como apático, intolerante, egoísta, terco, autoritario y poco comunicativo. Presintiendo la cercanía de la muerte, se preocupó sobre el destino de su tesoro de papel. Su deseo era mantener su dominio aun desde el mas allá. Después de pensar detenidamente como resolver el problema elaboró un plan y terminó consintiendo el traslado de su colección a la Biblioteca Británica bajo una serie de condiciones absurdas. El alucinado bibliófilo pretendía que luego de su deceso solo unas pocas personas (muy pocas) tuvieran acceso a su biblioteca. Su hija y su yerno, por ejemplo, lo tenían prohibido por expreso, así como también cualquier persona de religión católica, que despreciaba.

Paso más un siglo para que la voluntad de Phillipps fuera desobedecida por completo y cualquier investigador pudiera posar sus manos sobre la que se considera la biblioteca más importante que alguna vez haya sido amasada por un bibliómano. Recién en 1977 el último grupo de libros se desprendió de la tutela de los herederos de Phillipps para pasar a una biblioteca pública. Pero durante muchos años su legado fue considerado como un bibliotafio, es decir un cementerio de libros. Un santuario exquisito, inalcanzable para la mayoría de los mortales

Pero, ¿qué pasa con aquellos que no poseen un capital para motorizar su compulsión? Para aquella clase de bibliómanos que carecen de dinero, solo existe una salida: el robo, única manera de conseguir aquellos libros que necesitan poseer con desesperación.

Agrupados bajo la etiqueta de bibliocleptomanos, son los integrantes de un silenciosa categoría de número incierto que, desperdigados por todo el planeta, representan la presencia más temida por bibliotecas, universidades y museos. Cada uno de ellos es, además un ilusionista, con capacidad de hacer desaparecer un objeto rectangular macizo ante decenas de personas sin despertar sospecha alguna.

Desde la edad media, los ladrones de libros se multiplicaron como una plaga. Fue entonces que muchas bibliotecas decidieron colocar un cartel intimidatorio, una suerte de antídoto que se colgaba en un lugar muy visible, como las ristras de ajos que penden de las ventanas pretenden alejar a los vampiros. Los mismos alertaban sobre una maldición que caería sobre aquel se apropiara de un libro. La amenaza era explicita y no escatimaba en graficar sus horrores. Por lo general se leían cosas como "que el libro robado se transforme en un serpiente y te devore", o "que el ladrón se pudra y sus gusanos se alimenten de sus heridas". Asimismo, se popularizo el cartel de Hai Excomunion, pensado para disuadir a potenciales ladrones católicos. Si no devolvían el libro su justo e ineludible castigo seria arder en el infierno.

Muchas veces, los ladrones compulsivos de libros son bibliotecarios, de manera que pueden llevarse lo que desean durante años, si es que alguna vez no son descubiertos. Se los considera bibliómanos porque no pretenden hacer un negocio con lo robado. Ninguno tiene interés en venderlos, sino en convertirse en su único dueño, con la seguridad de que nadie más podría apreciarlo tan bien como ellos. El libro robado se convierte entonces en un objeto de culto personal. Su existencia mediocre y multitudinaria ante personas que no saben apreciarlo lo suficiente ha terminado. El libro ha sido rescatado.

Así, pensaba el teólogo alemán, Dr. Elois Picher, quien no se contentaba con tener libre acceso a los libros que le interesaban, sino que necesitaba tenerlos a su disposición todo el tiempo, únicamente para el. Siendo empleado de la Biblioteca Publica Imperial de San Petersburgo, en Rusia, Picher se llevo un promedio de cuatro libros por día (de 1869 a 1871) aprovechando la facilidad que su trabajo en ese lugar le otorgaba. Su modus operandi consistía en asistir dentro de un holgado y grueso sobretodo, que tenía un bolsillo interno secreto, donde se podía esconder su contrabando diario sin que ninguno de sus compañeros lo notara.

Como suele suceder en estos casos, la desaparición crónica de libros es investigada a fondo y el responsable identificado. El punto débil de los cleptobibliomanos es siempre su botín, el cual nunca guardan en otro lado que no sea su casa, por miedo a que se lo roben. Los 4.000 motivos para incriminar a Picher estaban a lo largo de su living, organizados por orden alfabético. Luego de ser condenado, el teólogo fue enviado a la lejana Siberia, sin el sobretodo.

Tomado de: http://www.ar.terra.com/terramagazine/interna/0,,OI3375399-EI8862,00-Poseidos+por+los+libros+dos+bibliomanos+extremos.html

 
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Lic. Julio Piastre
Bibliotecólogo
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jueves, diciembre 04, 2008

Biblioterapia. Una muy buena opcion

Haga reposo y lea veinte páginas cada seis horas

Para los adeptos a la biblioterapia, los libros pueden ser santo remedio

Haga reposo y lea veinte páginas cada seis horas

Poner la mesa, pero solamente con libros, no sólo sería una dieta eficaz, sino una cura natural contra el estrés de la vida diaria. La biblioterapia, una ciencia beneficiosa y natural, sugiere alimentarse simplemente de buenas lecturas, para curar varios malestares.

La biblioterapia tiene su origen en la antigüedad, cuando se la incluía entre los preceptos para llevar una vida saludable. En el antiguo Egipto, en las entradas de las bibliotecas de los faraones se leía la expresión Sanatorio del alma, mientras que el romano Cornelius Celsus recomendaba la lectura de los grandes oradores como procedimiento terapéutico. Y los griegos también consideraban los libros un verdadero tratamiento médico, una medicina del alma.

Hoy, la biblioterapia no es una práctica muy común entre los médicos. Medicinas más duras y potentes ganan sobre el uso de esta técnica. Sin embargo, hay varios terapeutas que prescriben libros para curar algunos disturbios leves, pero difusos, y prescriben libros temáticos para ayudar a sus pacientes a encontrar estímulos para superar determinados obstáculos.

Instrumento de autoayuda

El tratamiento consiste simplemente en leer, como instrumento de autoayuda, de conciencia de uno mismo en situaciones psicológicas y sociales difíciles. "Recetar un libro ayuda a quien sufre a reflexionar sobre sí mismo, a enfrentarse, a potenciar sus capacidades y emociones", explica la psicóloga italiana Rosa Mininno, creadora de un sitio de Internet, www.biblioterapia.it, enteramente dedicado a esta ciencia, donde el libro es una herramienta de promoción de la salud y del bienestar personal y colectivo, un instrumento de terapia.

Hay dos clases de tratamiento: la biblioterapia clínica, dirigida a las personas con serios problemas de comportamiento social, emocional y moral, que se aplica en instituciones de salud mental, bajo la supervisión de psicoterapeutas, médicos y bibliotecarios. Y otra, más simple, para el uso y desarrollo individual, que es un apoyo literario personalizado y que tiene un carácter preventivo y correctivo. El objetivo es solucionar y prevenir aquellos problemas que podrían surgir en la vida diaria.

La persona que se somete a la biblioterapia generalmente tiene acceso a dos tipos de literatura: de ficción y didáctica. "Las novelas clásicas son minas preciosas, donde cada uno puede encontrar la nota justa para su corazón", explica Mininno.

El libro se trasforma en otro lugar compartido por el paciente y el terapeuta. En las clínicas, la biblioterapia se utiliza por tratar leves trastornos de ansiedad, alimentarios, sexuales, depresión. Es cierto que los libros estimulan la atención, la reflexión, los aspectos cognitivos y emocionales.

Un buen diagnóstico

El libro, cuanto más simple, mejor se adapta a la biblioterapia. Por esta razón es muy eficaz para ayudar a niños y adolescentes a superar momentos transitorios complicados. El bibliotecario se convierte entonces en un biblioterapeuta, que puede ser cualquiera de los profesionales que actúan conjuntamente en este programa. Es el que prescribe un material bibliográfico específico, para solucionar los problemas personales, pero también debe poseer algunas calificaciones: una comprensión profunda de la naturaleza psicológica del problema que se está tratando, la del contenido del libro prescripto, capacidad para formular hipótesis sobre el impacto que este material tendrá en la solución del problema.

Palabra de roedor

"Scott Fitzgerald es tal vez más agridulce que D. H. Lawrence", dice la rata Firmin al comer páginas enteras de libros en un sótano de una librería de Boston, con las que no sólo alimenta el estómago, sino su cerebro.

Firmin es el título y el nombre del protagonista de la primera y exitosa novela del filósofo americano Sam Savage, en la que el roedor aprende a leer al alimentarse de las grandes novelas.

"Al principio me limitaba a comer, royendo y masticando tan feliz, siguiendo los dictados de mi gusto. Pero pronto empecé a leer, un poco por aquí, otro poco por allí? Y según transcurría el tiempo fui leyendo más y masticando menos, para terminar pasándome todas las horas de vigilia leyendo y comiendo sólo los márgenes", dice la rata de esta fábula ingeniosa que enseña sobre los poderes redentores, transformadores, prodigiosos y curadores de la literatura.

Sin embargo, esta rata, culta y solitaria, con un hambre insaciable por los libros, refleja nuestra condición humana, a veces mejorable con la simple ayuda de un buen libro.

" Comer libros, entonces, puede ser un medio efectivo para el cambio de comportamiento. Según los adeptos, la biblioterapia es una forma de mostrar que la lectura puede transformarse en un medio para el encuentro con uno mismo y para la obtención de beneficios, no sólo culturales.

Lo que es cierto es que leer un libro ayuda a crecer.

Ginevra Visconti

 

 



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